Se puede pensar que leer es comúnmente un acto silencioso -cuando el lector lo ejercita en soledad, hilando las palabras en su mente- y, por tanto, podría confundirse con una actividad pasiva. Sin embargo, tan solo basta con pensar por un momento en todos y cada uno de los órganos o partes del cuerpo necesarios durante el ejercicio de la lectura para comprender la indiscutible implicación corporal que le acompaña. Los ojos que siguen las líneas de las palabras, el tacto al momento de entrar en relación con cualquier portador de texto, el cerebro -indiscutiblemente- que bien sabe crear una voz interior que nombra las palabras; en suma, todo un cuerpo que se dispone a ser tocado por la lectura, entrando en una temporalidad única y exclusivamente creada entre el lector y el libro.
Aprender a leer se suele nombrar como un hito en la vida de los niños y las niñas. Ese momento donde comienzan a conjugar vocales y consonantes, que a su vez forman palabras que construyen frases o historias importantes. Y este gesto de entrada al mundo social de las palabras leídas y escritas, ¿no significa también una necesidad de hacer parte de un “nosotros”? De desprenderse de la posible soledad que puede significar ese momento que antecede a la prelectura para habitar un espacio común y habitado por las personas que usan sus ojos, sus manos, su voz y su cuerpo para entrar en la experiencia compartida de las palabras y los libros.
Allí ejercen un papel importante aquellas personas que hacen las veces de puente para que, a través de las palabras, los niños y las niñas accedan al lugar de las significaciones y lo simbólico. Maestros, padres y cuidadores que a su vez prestan sus cuerpos para habilitar este mundo de posibilidades para otros. Desde cuentos e historias de tradición popular contadas con voces inventadas, en compañía de la mirada cómplice, la onomatopeya simulada o los gestos teatralizados con manos, cara y cuerpo en busca de generar la emoción.
Es esto último una parte sustancial en lo que respecta a pensar en la implicación del cuerpo en el proceso de hacerse lector. Ese momento en el que comprendemos cómo nos atraviesan las palabras, cómo son creadoras tantas veces de una o muchas emociones. Aprendemos que leer es permitir que las palabras nos habiten. Las hay hermosas y edificadoras de sensaciones bonitas, que incluso pueden sentirse en el cuerpo como un soplo de vida o una oleada de cariño. Las hay duras y crueles, que estremecen las entrañas: en esos momentos la mente puede haber terminado el texto, pero el estómago apenas está procesando la primera frase.
Y es que el lector presta su cuerpo para que lo que lee viva a través de él. Desde tomar las palabras que describen personajes para vestirse de ellas mientras lee, teniendo la posibilidad de ser animal, niño, personaje villano o personaje valiente, tanto como le apetezca. Por eso se suele decir que “leer es vivir muchas vidas”.
Porque en aquella persona o niño que elige entrar en la lectura por un tiempo indefinido, también podríamos hablar de la sabiduría de un cuerpo que activa toda su maquinaria para dejarse atravesar por las palabras; un cuerpo que ya reconoce que le sienta bien una pausa, una mente que se siente a gusto con el juego de retarse o deleitarse con la comprensión de lo leído, un transcurrir singular y único en el tiempo presente, entre inhalación e inhalación, para dar cuerpo al texto.
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